Devoto: en otras conversaciones usted
nos habló sobre un aspecto conciliador que es inherente a la espiritualidad. En
este sentido algunos hablan de la “lucha espiritual” como un proceso en donde
el actor sería algo que llamamos de “guerrero espiritual”.
Maestro: sí, eso se hace evidente en
algunos textos espiritualistas. Hablar de lucha y de guerrero espiritual crea automáticamente
un escenario en la mente del devoto. Un campo en donde deberían ocurrir
confrontaciones contra algo, contra alguien. A estos últimos los podríamos llamar
de enemigos u opresores.
Devoto: ¿ese campo de batalla qué representa
realmente?
Maestro: mire bien quien hace la pregunta.
Allí está el campo de batalla. Podríamos decir que el escenario es la mente, y
uno de los actores es el personaje que usted representa.
Devoto: al personaje lo hemos llamado en
nuestros encuentros de “ego”.
Maestro: de allí vienen todas las
preguntas, inclusive aquella de “donde está el campo de batalla”.
Devoto: en toda lucha debería haber
por lo menos dos personajes para una confrontación.
Maestro: sí, eso es evidente. El otro
personaje está en desacuerdo con algo que usted sostiene, con un argumento, con
alguna posición, con un prejuicio, con alguna posesión. Es completa un
escenario de conflicto.
Devoto: para abordar el tema sugeriría
aclarar el tema de los dos personajes del conflicto.
Maestro: ese abordaje generalmente trae
problemas. ¿No sería mejor analizar la
esencia del desacuerdo y del conflicto?
Devoto: no estaba pensando en esa
dirección pero podemos proseguir nuestra conversación.
Maestro: en un conflicto el elemento
del desacuerdo tiene una dualidad inherente: representa un elemento de
conflicto y también un elemento de intercambio. Son dos caras de una misma
moneda. El enemigo es importante pues permite que esta dualidad emerja, que se
haga evidente. Y así la misma puede ser disuelta por la comprensión. Esta
comprensión representa una disolución de la dualidad, aquella que causó el
conflicto. A esto los textos espiritualistas lo han llamado de “reconciliación”.
Otros lo llaman de “arrepentimiento”.
Devoto: o sea que en una lucha espiritual
el eje del conflicto no está exactamente en el enemigo, sino en aquello que se
disputa.
Maestro: muchos textos espiritualistas
llaman al enemigo de maligno, de demonio, de odio, o de todas aquellas
debilidades que en la tradición cristiana son denominadas de pecados capitales.
Pero cuando los mismos aparecen en el escenario del conflicto no son tan importantes
en el proceso.
Devoto: esto me parece complejo.
Maestro: esos posibles enemigos sólo
están allí para hacer evidente la naturaleza del conflicto, que siempre está
ligada a la dualidad.
Devoto: esto es contradictorio, pues
siempre queremos luchar contra algo, por un motivo.
Maestro: observe que el escenario es la
mente, un lugar donde reina la dualidad.
Entrar en el conflicto como un personaje refuerza la dualidad, y como
postre genera gratuitamente la culpa.
Devoto: ¿o sea que siempre que estemos en un escenario
de conflicto habrá culpa?
Maestro: eso es correcto. En un
escenario de conflicto siempre aparece la culpa. Y ella también pude ser
observada como un síntoma de existencia de algún conflicto. Ella refuerza la
dualidad, refuerza el conflicto y aparece como síntoma. Este comportamiento es típico de sistemas que
se retroalimentan, que se refuerzan mutuamente.
Devoto: y ahora hablemos sobre el “enemigo”,
el “opresor”, el “contrincante”.
Maestro: la labor del contrincante es siempre
positiva, pues coloca en evidencia un conflicto que estaba en potencial, o que
estaba presente mas no era evidente. El conflicto aparece como una fisura del
ego, y lo que surge de esta fisura es un aspecto del miedo, transfigurado en
una forma específica, a la que llamamos comúnmente de culpa.
Devoto: ¿y que nos resta hacer ante el conflicto?
Maestro: todos los textos sagrados dan
la misma solución: disuelva el aspecto dual que creó el conflicto. Esto hasta
aparece en la práctica como una negociación. El elemento del conflicto debe ser
colocado en una mesa para ser revisto. Esto está bien claro en los textos
sagrados de la tradición cristiana.
Devoto: usted nos había hablado alguna
vez sobre el salmo 23 de David.
Maestro: exactamente, observe este
trecho: “Tu bastón y tu cayado me dejan tranquilo. Delante de mí preparas una
mesa, en frente de mis enemigos. Unges mi cabeza con óleo y mi taza transborda”.
Devoto: parece ahora más claro ahora
su significado…
Maestro: La mesa está siendo preparada por alguien,
aquel que da seguridad y tranquilidad. Para negociar usted necesita de alguien
que sea neutro, que no juzgue. El elemento del conflicto debe ser colocado
sobre esa mesa de negociaciones. El
proceso de negociación representa una disolución de la dualidad. El resultado
es un aspecto de integración, que se alcanza por la protección que tiene el
devoto cuando participa sinceramente de un proceso de reconciliación. Esta
sinceridad del devoto representa la verdadera naturaleza del guerrero
espiritual. Y es la única arma que debe esgrimir en el conflicto.